Contamos cuentos

Nuestro relato

Mi maleta


Por los alumnos de 1ºB-ESO

Me llamo Hassam, tengo seis años y soy un niño libio. Llegué a Tenerife hace cinco años. Casi recién nacido. Mi maleta era casi yo mismo. Mis padres para que la policía no me detuviera, me trajeron a Canarias dentro de una maleta. Hoy voy a un cole en Arona y soy feliz, pero me gustaría saber cómo es mi tierra en Libia.

Mi felicidad la empecé en mi maleta, y ahora gracias a muchas personas cada día aprendo cosas nuevas, aquí, en Tenerife. No pensé que las cosas me iban a ir tan bien. Es cierto, soy muy feliz aquí, pero mi pasado no fue tan bueno, lo pasé muy mal. Según me cuentan había muchas guerras y mi familia sufrió mucho, se nos maltrató, a mí y a mi familia. Por suerte, he llegado a una tierra muy tranquila, no como la mía, de donde es mi familia, donde siempre hay mucha guerra. Ojalá que se acaben en ese parte del mundo, la que nadie ve, en la que no se sabe vivir en paz. Allí, en Libia, o en Siria, en esos países, cada día pierdes a un familiar, a un amigo.

Ahora, estoy aquí, en Tenerife y lo repito, soy feliz, porque al fin sé lo que es vivir en paz. Me gustaría que esta paz llegara a todos los pueblos. Espero que esto alguna vez sea verdad. Imagino que todos los que me leen también desean lo mismo.


NOTA: Esto es un relato corto, creado por unos alumnos de Primero de Secundaria, que han traído su idea desde una fotografía de contraportada que salió recientemente en Diario de Avisos. Lógicamente los hechos son ficticios y ellos han elaborado este relato final a través de pequeñas aportaciones que han ido haciendo por grupos.

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Un cuento

Moisés


Por Ulises Martín Melián, 
alumno de 1ºA-ESO


Esta es la historia de una frondosa selva en las lejanas tierras de Perú, al oeste de Sudamérica. En sus profundidades se halla “la Comunidad Incaica”, formada por todas las especies que allí habitan. En nuestro escenario se vive una de las mayores historias de superación jamás contadas.

Gustavo el papagayo y Noa la boa son los presidentes de esta comunidad. La encargada de organizar la reserva es Eva la tarántula, que esta vez tenía algo muy importante que contar: ¡La comida se estaba acabando!

Reunieron a todos y cada uno de los animales, desde Beatriz la lombriz y su familia hasta los hermanos Lara y Omar Jaguar. Gustavo comenzó con voz firme:

-“Esto es importante; nos han comunicado que nuestras provisiones se agotarán antes de lo previsto, necesitamos que alguien compruebe el porqué de la pérdida y que encuentre la solución; ¿Algún candidato?”

Una mano firme se alzó entre los asustados y nerviosos animales que se echaban las manos a la cabeza, discutían y gritaban. Era la de Moisés, el chimpancé más atrevido de la selva. Siempre le han gustado las aventuras, o mejor dicho, le encantan. Pero siempre había tenido que vivir escondido, sin poder expresar lo que sentía, ya que era el más pequeño de cuatro hermanos y sus padres le veían como si fuera invisible; era la hora de salir a la luz y demostrar lo que era capaz de hacer.

-¿A dónde hay que ir? -dijo decidido y sin pensarlo.

-No lo sabemos, deberás emprender a las afueras -respondió Noa, dándole esperanzas.

-Es muy peligroso- replicó Eva.

-Me atreveré.

Se sentía más seguro que nunca.

-¡Estás loco! -exclamaron los capuchinos.

-¡Morirá! -añadían los hipopótamos.

-¿Deberíamos comérnoslo? -cuchicheaban las anacondas al fondo.

Moisés los ignoró.

El chimpancé fue sin apenas provisiones, empezó a tener miedo, pero el valor repetía en su cabeza: “Hazlo por ti, hazlo por tus sueños...”.

Llegó a un descampado, donde a lo lejos vio algo peculiar: eran casetas de campaña; decidió investigar. Se acercó con cuidado para no ser visto por aquellas personas. Había encontrado el problema, durmió cerca de un río que encontró. Al día siguiente, apareció muy ilusionado entre la maleza y las hojas de las palmeras.

-¡He encontrado el problema! Fuera hay un campamento militar, y están cogiendo todos nuestros frutos.

-¿A sí, y qué hacemos? -exclamaron las vagas tortugas.

-Muy fácil, solo necesitamos una tropa para recolectar los frutos cada día, a primera hora.

A todos les gustó la idea, y decidieron nombrar a Moisés capitán de la tropa. Su ejército estaba formado por todos los primates, los gorilas, los capuchinos -que aceptaron a regañadientes-, los monos araña, los monos aulladores y los chimpancés, claro. Había cumplido su sueño

Todos vivieron en comunidad gracias a Moisés, que consiguió lo que se propuso sin que nadie le ayudara.

Ah, y en su familia, él toma las decisiones que hacen dudar al resto, y de momento van muy, pero que muy bien.

¿Qué nos ha enseñado? Nos ha enseñado que rendirse jamás es una opción. 
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¡Qué cuentos!

La bruja Doña Paz

Por Noelia Canino Alonso, alumna de 6º de Primaria (Picado y maquetado por Raúl Franquiz, alumno de 4ºC-ESO)

Doña Paz había nacido bruja pero ella no tenía la culpa. Doña Paz había nacido en un campanario tenebroso lleno de murciélagos. De niña le enseñaron a volar en una escoba pequeña, y su mamá, que era una famosa bruja, llamada doña Quica, le dijo que nunca debía salir del campanario antes de las doce de la noche. Doña Paz tenía el pelo largo de color negro oscuro con mechas de color ceniza. Sus cejas, negras tal que su pelo, eran pobladas pero finas. Sus ojos eran grandes y expresivos, rojos como el fuego. Sus pestañas eran voluminosas y también negras. Los labios de doña Paz eran de color carmín, pero ella siempre se los pintaba de negro. Es su color preferido. Solía vestir un traje negro holgado. Tenía un murciélago blanco en el pecho. Le gustaba llevar sandalias también negras. A doña Paz le gusta llevar un collar de perlas y pendientes a juego. Su madre, doña Quica, no se le parecía en nada. Su pelo era de color violeta tal que las uvas, con mechas verdes como las pociones que prepara. Sus cejas son negras y gruesas, sus ojos rojos y sus labios de color negro. Todo el mundo piensa que doña Paz tiene diecisiete años y doña Quica treinta y ocho. Pero todos están muy equivocados. Dejadme que os lo explique: Cuando un murciélago que ha pasado cien días en el campanario de esa ciudad te muerde a las doce de la noche, te conviertes en bruja, y tienes esa edad durante toda tu vida, que es para siempre, pues las brujas son inmortales. Pues que no os extrañe que en realidad doña Quica tiene mil setecientos sesenta y siete años. Ambas conocen a todos los habitantes de ese pueblo, llamado Villa Tenebrosa. Todo el mundo era feliz de día, pero de noche los murciélagos salían a atormentar a los niños y cada cien días, una nueva bruja se unía a su pandilla. Las brujas hacían el mismo trabajo que los murciélagos, y de día, preparaban pócimas para usarlas por la noche. Las pócimas, sonrientes, hacían su labor, querían que el pueblo se derrumbase, y que en Villa Tenebrosa reinasen las brujas y murciélagos. Ya eran tantas las brujas, que algunas decidieron crear su propia pandilla. Pero estas brujas no salían de noche a aterrorizar a los ciudadanos, salían de día a ayudar a quien las necesitase y a regalarle caramelos a los niños. Sobre estas brujas había una leyenda: les mordió un murciélago al que algún ser humano había alguna vez salvado. Doña Paz quería unirse a ellas, pues no era como las de su pandilla. El caso de doña Paz solo se ve una vez en la vida. A su madre, doña Quica, le mordió un murciélago del campanario cuando estaba embarazada. Y a doña Paz, le mordió uno al que había salvado un humano cuando tenía diecisiete años. Por eso le salen mal las pócimas para aterrorizar de noche. Y las demás brujas siempre excluían. A doña Paz siempre le hubiera gustado ser una bruja buena. Así que un día decidió ir a hablar con ellas. Se encerró en su habitación del campanario, y se puso a mirar por la ventana. A las doce en punto, las campanas le dieron permiso para salir. Pero, cuando iba hacia el campanario de la otra pandilla…

- ¡Eh , doña Paz! - dijo doña Lara. -¿ A dónde te crees que vas?

Doña Paz no se atrevió a decirle la verdad, así que improviso una excusa.

-Voy a aterrorizarles, ¿Qué creías?

-Ah… bueno… allá tú -dijo doña Lara, justo antes de irse.

Doña Paz tocó repetidamente las ventanas de madera maciza del precioso campanario blanco.

-¿Qué? -dijo una voz desde el interior. Es de noche -bostezó-. Por favor, vuelve mañana a las diez de la noche.

-Pero… ¡No puedo salir antes de las doce de la noche!

-Entonces me temo que no podremos hacer nada - dijo la voz -. A estas horas no suele venir nadie. Solamente atendemos las necesidades de los ciudadanos de día. De noche dormimos y elaboramos pócimas.

- Pero yo sólo necesito hablar con vosotras.

-Por favor, venga mañana.

Doña Paz elaboró un plan para poder ir antes de las doce de la noche. Supo que si regresaba al campanario no le dejarían ir. Así que pasó la noche en las afueras del campanario blanco, y a las nueve de la mañana del día siguiente, entró.

Todas las brujas le dieron los buenos días, un té con pastas y le acercaron una silla para que se sentase. Una bruja alta, rubia, de pelo liso, tez pálida y ojos azules le dijo:

-¡Hola, soy Silvia! Estas son mis compañeras. Abby y Lucy. Abby era alta, morena, de pelo afro y ojos negros. Lucy sin embargo era baja, pelirroja, de pelo corto ondulado y ojos verdes. Las tres iban vestidas de blanco.

- ¡Cuéntanos! - dijo Abby.

- Bueno, pues resulta que yo también soy bruja - las tres asintieron - y, es que todos los conjuros me salen mal, y todas las brujas me excluyen. He tomado una decisión y me gustaría pertenecer a vuestra pandilla.

-¡Perfecto! - dijo Lucy. - Hasta que podamos transformarte, toma esto. ¡Silvia, Abby! Traedme el atuendo.

Silvia se fue un momento y volvió con una camiseta blanca a cuadros grises, unos vaqueros blancos, unos tenis rojos y una coleta para que se recogiese el pelo. Ahora doña Paz ya no parecía la misma persona. 

- ¡Bien! - dijo Abby - Ahora vamos a probar con los conjuros.

-Vale. ¿Cuál es el primero? - preguntó ansiosa.

-El de la sonrisa. Pasa por aquí…

Abby le enseñó cómo hacer el conjuro y ¡lo hizo perfectamente!

Ya estás lista - dijo Silvia - solo te falta la transformación.

Las cuatro se metieron en una habitación, hicieron un círculo con velas alrededor de doña Paz. Las encendieron. Apagaron la luz. Silvia, Lucy y Abby se cogieron de la mano, cerraron los ojos y recitaron muchos conjuros. Doña Paz levitó en el aire y de ella salió un murciélago. Volvió al suelo. Las velas se apagaron y Lucy volvió a encender la luz. Lucy, Abby y Silvia se quedaron boquiabiertas, pues era la bruja más pura de la sala. Al eliminar al murciélago del campanario, se volvió bruja buena. Era la única a la que habían transformado. A partir de ahora no se llamaría doña Paz, sino Paz. Se miró en un espejo. 

-¡Hala! ¡Estoy cambiadísima! -no salía de su asombro- ¡Me encanta!

Paz tenía el pelo color berenjena, los ojos marrones. Llevaba un gorro blanco, un vestido blanco sin mangas y unas sandalias plateadas.

-Debo marcharme ya que aún es de día -dijo Paz-. Debo hablar con doña Quica.

-Bien, pero vuelve antes de las diez -dijo Abby-.

-Pero… ¡Espera un momento! - dijo Silvia - ¿A dónde pretendes ir con esa escoba vieja?

-Ten. -Lucy le dio un collar -cada vez que quieras volar, apriétalo con fuerza y patinarás sobre las nubes. ¡Buen viaje!

Paz saltó por la ventana apretando con fuerza su collar. 

Empezó a volar hasta llegar al campanario. Se lo contó todo a doña Quica y para su sorpresa: ¡No se enfadó! Tan solo le dijo que hiciera lo que le hiciese feliz.

Pues de ahora en adelante, la pandilla respetaba y quería a Paz, y doña Quica también fue transformada. Cada vez eran más las brujas buenas que hacían de Villa Tenebrosa un lugar mejor. El nombre de la ciudad fue cambiado al de Villa Agradable, y los dos campanarios se convirtieron en un castillo de cristal. Los humanos siempre salvaban a los murciélagos para que no hubiese murciélagos del campanario, y todos fueron felices para siempre.

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